Los «novios» de la Cruz

Es algo común que cuando un joven decide su vocación sacerdotal o religiosa (o una joven su consagración a Dios), a los familiares aún los más cercanos y aún muy buenos, les duele -¡y mucho!- esa decisión. Algunas veces porque hay un amor carnal desordenado por los hijos, o no hay una visión más madura de la fe, o por otros motivos, pero generalmente es motivada por los sufrimientos y sacrificios que el joven tendrá que pasar. ¡Sacrificios demasiado reales como para negarlos!
I
Si somos sacerdotes, debemos ser necesariamente víctimas. Observen que digo necesariamente, no es una cuestión mera-mente optativa. ¿Por qué? Porque el Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo, se ofrece en cada Misa como Víctima, y ofrece a todos los bautizados, en especial, a sus ministros o celebrantes: «debemos ofrecer a Dios todas las cosas y a nosotros mismos, y orar por todos». Por eso todo sacerdote, según su estado y condición, debe configurarse con Cristo Víctima, o sea, todo sacerdote y cada uno de los sacerdotes deben llevar su cruz y participar, a su manera, del estado de víctima del Salvador del mundo. Todos los bautizados somos ofrecidos por Cristo, pero especialmente lo es el sacerdote cuando repite en nombre del Señor: «…es mi Cuerpo que será entregado… es el cáliz de mi Sangre que será derramada…». Es algo anejo a nuestra vocación, como dio a entender claramente nuestro Señor Jesucristo a San Pablo: «…es un vaso de mi elección… Y yo le mostraré cuánto deberá sufrir por mi nombre» (He 9, 15-16).
A esta llamada a participar en el estado de víctima «debemos responder prácticamente, vitalmente, para que Cristo haga lo que Él quiera hacer de nosotros». De ahí, que nos enseñe la «Imitación»: «bienaventurado el que se ofrece al Señor en holocausto cada vez que celebra o comulga». Enseñaba San Gregorio Magno: «los que celebramos los misterios de la Pasión de Cristo debemos imitar lo que hacemos»; San Gregorio Nacianceno: «nadie puede acercarse con verdad al Dios Grande, a nuestro Sacerdote y Víctima, si él mismo no es víctima viva y santa, si no se ofrece a sí mismo en sacrificio espiritual»; San Juan María Vianney: «el sacerdote hace cosas maravillosas cuando se ofrece cada día en sacrificio»; y Pío XI: «es preciso unir en el augusto sacrificio eucarístico la inmolación de los ministros y de los demás fieles». Éste es el sentido de las palabras dichas en nuestra ordena¬ción sacerdotal: «comprended lo que hacéis, imitad lo que tratáis».
II
San Pablo lo enseña con claridad meridiana:
1. La vocación al sacerdocio es vocación a la cruz, somos sacerdotes y víctimas: «en cuanto a mí, ¡Dios me libre gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!» (Gal 6, 14).
2. Es una vocación al morir místico, al morir espiritual, día a día: «cada día estoy a la muerte ¡sí hermanos! gloria mía en Cristo Jesús Señor nuestro, que cada día estoy en peligro de muerte» (1Cor 15, 31). «¡Cotidie morior!».
3. Ser sacerdote es ser sucesor de los Apóstoles en la consagración de la Eucaristía, y de los Apóstoles está dicho: «porque pienso que a nosotros, los apóstoles, Dios nos ha asignado el último lugar, como condenados a muerte…» (1Cor 4, 9).
4. El camino del sacerdote es como el de Cristo, siempre hacia la cruz, siempre hacia el Calvario: «¿Ministros de Cristo? – ¡Digo una locura!- ¡Yo más que ellos! Más en trabajos; más en cárceles; muchísimo más en azotes; en peligros de muerte, muchas veces. Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé en el abismo. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez. Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias. ¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién sufre escándalo sin que yo me abrase…?» (2Cor 11, 23-33).
¡Éste es el programa sacerdotal!, por eso decía San Pío de Pietrelcina: «yo amo la cruz, la cruz sola». De ahí que los sacerdotes debemos ser «los “novios” de la cruz»: somos pretendientes que aspiramos a la cruz, la cortejamos, la galanteamos siendo atentos, corteses y obsequiosos para captar su amor; buscamos de deleitarla, adularla y agradarla alabando sus atractivos y bondades sin fin, reconociendo sus infinitas riquezas. ¡De ella cuelga el Salvador del mundo! Se establece entre ella y nosotros una relación muy especial, digamos, que esponsalicia, que produce tanto la misteriosa ciencia de la cruz, como la misteriosa alegría que produce la misma cruz.
Todo es posible con este programa de la cruz. Con él no hay lugar para ningún fracaso pastoral, como recordaba el Papa Juan XXIII del Santo Cura de Ars: «…bien conocida es la respuesta que dio a un compañero, cuando éste se quejaba de la poca eficacia de su ministerio: “Habéis orado, habéis llorado, gemido y suspirado. Pero ¿habéis ayunado, habéis velado, habéis dormido en el suelo, os habéis disciplina¬do? Mientras a ello no lleguéis, no creáis haberlo hecho todo” ».
III
Pero para abrazarnos de verdad a la cruz es absolutamente necesario morir a uno mismo. Cuando el sacerdote ministerial vive de verdad la vida de Cristo Cabeza y Pastor, en sí mismo, comprende muy bien sus múltiples limitaciones y miserias, sabe que todavía hay cosas que le esclavizan impidiéndole vivir en plenitud la libertad de los hijos de Dios. Entiende muy bien que el principal enemigo del hecho de ser víctima es el amor propio desordenado. Comienza a gustar de las humillaciones y recibe los desprecios con serenidad. Entiende que debe estar atento para ir despojándose de todos los defectos para que reine en toda su vida la grandeza de Cristo. Tiene en poco sus propias virtudes -que son recibidas y limitadas- y comienza a amar como bien propio, las perfecciones propias del mismo Cristo. Lo que parece grande a los ambiciosos y soberbios, a él le parece nada, porque ha renunciado a su propia gloria. Deja de quejarse voluntariamente.
El amor propio es insidioso, o sea, malicioso y dañino, con apariencias inofensivas, a veces toma el disfraz del honor, o de la propia dignidad, otras veces asume la defensa de la fe, o de la espiritualidad, o de la liturgia, o de la pastoral… no subordinándose al amor a Dios, sino buscándose a sí mismo. Quienes este mal padecen fomentan la estima desordenada de sí mismos; de sus cualidades; buscan la alabanza de los demás; no ven los defectos propios, pero aumentan los defectos de los demás; suelen ser rígidos con los otros, e indulgentes con ellos mismos… Por el contrario, deberíamos repetir siempre: «bien ha estado para mí ser humillado…» (Sl 119, 71).
¡Debemos luchar denodadamente contra el amor propio desordenado, durante toda nuestra vida!
IV
La esterilidad o la fecundidad del sacerdote dependen del grado en que se abrace o se rechace la cruz, del grado en que se de a sí mismo a Dios. Dice Santa Teresa de Jesús: «y como Él no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo que le damos; mas no se da a sí del todo hasta que nos damos del todo. Esto es cosa cierta y, porque importa tanto, os lo recuerdo tantas veces; ni obra en el alma, como cuando del todo, sin embarazo, es suya…».
Sacerdote que, de hecho, vitalmente, rechace la cruz, que no se niegue del todo a sí mismo, será estéril, por el contrario, quien ame la cruz será muy fecundo. Porque como víctima puede compadecerse de las debilidades de los feligreses, a ejemplo de Jesucristo: «pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas…» (Heb 4, 15). El sacerdote carga sobre sí con los dolores, sufrimientos, debilidades, pecados… de sus hermanos los hombres, de todos los hombres y mujeres, de toda la humanidad dolorida, sin excluir a nadie.
En este sentido el sacerdote debe ofrecerse como víctima:
1º. En la presentación de los dones que tiene carácter ofertorial.
2º. En la consagración del pan y del vino: «esto es mi Cuerpo… éste es el cáliz de mi Sangre».
3º. En la doxología del final del Canon: «por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos».
4º. En la comunión.
El sacerdote que no ha comprendido vital¬mente esta doctrina, pierde mucho tiempo, fan¬tasea con muchas cosas, entiende bien poco de la Encarnación redentora, edifica sobre arena, le faltarán hijos que alegren la mesa eucarística. La perfección de su sacerdocio se encuentra en el es¬tado de víctima, por el que se configura, también, con Cristo, de lo contrario no ha comprendido el alcance de su vocación.
¡Nuestra naturaleza caída no quiere la cruz!
¡El mundo que nos toca vivir no quiere la cruz!
¡Hay algunos consagrados que no quieren la cruz!
¿Nosotros qué haremos? San Pío de Pietrelcina dejó escrita en la estampa recordatorio de su primera Misa: «…yo sea… por Ti, sacerdote santo, víctima perfecta».
V
Algunos de vuestros padres y madres tuvieron una alegría muy especial el día de vuestra ordenación, (recuerdo que el día de mi ordenación mi madre me dijo: «me parecía tocar el cielo con las manos»), porque los vieron a ustedes muy felices y porque comprendieron que después de la cruz viene la luz; que no hay Viernes Santo sin Domingo de Resurrección; y que ser víctimas con la Víctima nos permite llegar a ser resucitados con el Resucitado.
Por eso debemos decir con Santa Teresita del Niño Jesús: «se cansará Dios de probarme antes que yo deje de confiar en Él»; y, sobre todo: «he llegado a no poder sufrir, porque me es dulce todo sufrimiento».
Nunca nos olvidemos que: «el sacerdote lleva en sí la imagen de Cristo, en cuya persona y con cuyo poder pronuncia las palabras para consagrar. Y así (en la Santa Misa) de algún modo es una misma realidad el sacerdote y la víctima».
Le pedimos a la Santísima Virgen la gracia de llegar a ser: «sacerdotes santos, víctimas perfectas». Finalmente, queremos ser: ¡los «novios» de la cruz!

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