El Buen Pastor

Cuando nuestro Señor habla del Buen Pastor habla también de los malos pastores. Como enseña San Agustín[1]: «hablando nuestro Señor Jesucristo a sus ovejas, tanto a las presentes como a las futuras, que entonces tenía delante (puesto que entre las que ya eran sus ovejas había otras que lo serían), tanto a las presentes como a las futuras, a ellos y a nosotros y a cuantos después de nosotros han de ser ovejas suyas, les manifiesta quién es el que les ha sido enviado.

Todas, pues, oyen la voz de su pastor, que dice: “Yo soy el buen pastor”. No hubiera dicho bueno si no hubiera pastores malos. Los pastores malos son ladrones y salteadores, o, cuando más, mercenarios.[2] Debemos indagar, distinguir y conocer todas las personas que aquí ha mencionado. Ya el Señor ha revelado dos cosas que veladamente había propuesto. Ya sabemos que la puerta es Él mismo, y que Él mismo es el pastor. ¿Quiénes son los ladrones y los salteadores? Los que son extraños a Él, los que vienen para robar y matar. En el texto evangélico se nombra también al mercenario y al lobo, y fue nombrado también el portero. Entre los buenos están, por lo tanto, la puerta, el portero, el pastor y las ovejas; y entre los malos, los ladrones, los salteadores, los mercenarios y el lobo.

Sabemos que la puerta es Cristo, y que Él mismo es el pastor; ¿quién es el portero? Él mismo declaró las dos cosas primeras; el portero lo dejó a nuestra búsqueda. Y ¿qué dice del portero? “A éste le abre el portero”. ¿A quién abre? Al pastor. ¿Qué abre el pastor? La puerta. Y ¿quién es la puerta? El mismo pastor. ¿Por ventura, si Cristo nuestro Señor, no hubiese dicho: “Yo soy el pastor”, y: “Yo soy la puerta”, se atreviera alguno de nosotros a decir que el mismo Cristo era el pastor y la puerta? Si hubiese dicho: Yo soy el pastor, y no hubiese dicho: Yo soy la puerta, indagaríamos quién era la puerta, y quizá, pensando otra cosa, nos hubiésemos quedado a la puerta. Por una gracia y misericordia suya nos explicó que Él es el pastor y que Él es la puerta, dejándonos a nosotros la indagación del portero. ¿Quién diremos nosotros que es el portero? A cualquiera que digamos, tenemos que evitar decir que es mayor que la puerta, como sucede en las casas de los hombres, en las que el portero es de mayor dignidad que la puerta. Pues el portero se pone para guardar la puerta, y no la puerta para guardar al portero.

Quizá debamos reconocer al mismo Señor en el portero. Mayor diversidad hay en las cosas humanas entre el pastor y la puerta que entre la puerta y el ostiario; y el Señor se llamó a sí mismo pastor y puerta. ¿Por qué no hemos de entender que es también el portero? Pues, si atendemos a las propiedades, Cristo nuestro Señor no es un pastor como los que acostumbramos a ver y conocer, ni tampoco es puerta, porque no fue hecho por ningún carpintero, pero, si atendemos a ciertas semejanzas, es pastor y es puerta, y aun me atrevo a decir que también es oveja; es cierto que la oveja está bajo el pastor; sin embargo, Él es pastor y es oveja. ¿Dónde es pastor? Lee el Evangelio: “Yo soy el buen pastor”. ¿Dónde es oveja? Pregunta al profeta: “Como oveja fue llevado al sacrificio” (Is 53, 7). Pregunta al amigo del Esposo: “he aquí al Cordero de Dios, he aquí al que quita los pecados del mundo (Jn 1, 29). Aún he de decir algunas cosas más admirables sobre estas semejanzas. El cordero, la oveja y el pastor son amigos entre sí; pero los pastores suelen guardar a las ovejas de los leones, y, sin embargo, de Cristo, que es oveja y pastor, se dice que “venció el león de la tribu de Judá” (Ap 5, 5). Tomad, hermanos, todas estas cosas como semejanza, no como propiedades. Solemos ver a los pastores sentados sobre una piedra y desde allí vigilar los rebaños confiados a su custodia. Ciertamente es mejor el pastor que la piedra sobre la cual se sienta; Cristo, sin embargo, es pastor y es piedra. Todo esto por semejanza.

No nos aflija, pues, hermanos, tomarlo por semejanza como puerta y como portero. Pues ¿qué es la puerta? Por donde entramos. ¿Quién es el ostiario? El que abre. ¿Y quién es el que se abre sino el que a sí mismo deja ver? Pues bien, el Señor había dicho puerta y no le habíamos entendido; cuando no le hemos entendido es que estaba cerrada: el que abrió, ése es el ostiario.

¿Qué diremos del mercenario? No fue mencionado entre los buenos. “El buen pastor”, dice, “da su vida por las ovejas. El mercenario y el que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, viendo venir al lobo, abandona a las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y dispersa (Jn 10, 228 11-13). No lleva aquí el mercenario las partes de una persona buena, pero es de alguna utilidad; ni se llamaría mercenario si no percibiera el salario del patrón. ¿Quién es, pues, este mercenario tan culpable como necesario? Concédanos el Señor sus luces, hermanos, para conocer a los mercenarios y para que nosotros no seamos mercenarios. ¿Quién es, pues, el mercenario? Hay en la Iglesia algunos prelados de quienes dice el apóstol San Pablo que “buscan sus propios intereses y no los de Jesucristo” (Flp 2, 21). Con lo cual quiere decir que no aman gratuitamente a Cristo, que no buscan a Dios por Dios, que van en pos de las comodidades temporales, ávidos del lucro y deseosos de honores humanos. Cuando el pastor tiene amor a todo esto y por ello sirve a Dios, este tal, quienquiera que sea, es un mercenario; no se cuenta entre los hijos. De estos tales dice también el Señor: “en verdad os digo que ya recibieron su paga” (Mt 6, 5). Escucha lo que dice el Apóstol del santo varón Timoteo: “espero en el Señor que pronto os enviaré a Timoteo, para que yo me alegre conociendo vuestras cosas; pues no tengo a otro más unido a mí, que por vosotros siente una solicitud hermana de la mía. Todos buscan sus intereses, no los de Jesucristo” (Flp 2, 19-21). Se lamenta el pastor de estar rodeado de mercenarios. Buscó a alguno que tuviese amor sincero a la grey de Cristo, y no lo encontró entre los que en aquel tiempo habían estado a su lado. No es que en aquel tiempo no hubiera en la Iglesia de Cristo, quién, como hermano, se desvelase por la grey, fuera del apóstol Pablo y Timoteo; pero sucedió que, cuando envió a Timoteo, no tenía cerca de sí a ninguno de sus hijos; los que tenía cerca de sí eran todos mercenarios, “que buscan sus intereses y no los de Jesucristo”. Sin embargo, con fraterna solicitud, prefirió enviar a un hijo y quedarse él entre los mercenarios.

Sabemos que hay mercenarios, pero nadie los conoce sino Dios, que inspecciona el corazón, aunque a veces también nosotros los llegamos a descubrir, pues no de balde dijo el Señor de los lobos: “por sus frutos los conoceréis” (Mt 7, 16). Muchos en las tentaciones dejan transparentar sus intenciones, pero muchos se mantienen ocultos. Tiene el redil del Señor por dirigentes a hijos y a mercenarios. Los que son hijos son los buenos pastores.

Escuchad ahora que también los mercenarios son necesarios. Hay muchos en la Iglesia que, buscando comodidades terrenas, predican a Cristo, y por ellos se deja oír la voz de Cristo. Las ovejas siguen no al mercenario, sino la voz del pastor, oída a través del mercenario. Ya el mismo Señor señaló a los mercenarios cuando dijo: “en la cátedra de Moisés se han sentado escribas y fariseos: haced lo que os dicen, pero no imitéis sus obras” (Mt 23, 2). ¿Qué otra cosa quiso decir sino que por medio de los mercenarios escuchéis la voz del pastor? Sentados en la cátedra de Moisés, enseñan la ley de Dios; luego por ellos enseña Dios. Pero, si intentasen hablar de lo suyo propio, entonces no los escuchéis, ni obréis de acuerdo con sus enseñanzas. Ellos ciertamente buscan sus intereses propios, pero no los de Jesucristo; ninguno de ellos, sin embargo, se ha atrevido a decir al rebaño de Cristo que no busque los intereses de Jesucristo, sino los suyos propios. El mal que hace no lo predica desde la cátedra de Cristo; causa daño por el mal que obra, no por el bien que predica. Tú recoge los racimos y ten cuidado con las espinas. Esto basta, pues creo que me habéis entendido; pero, en atención a los más tardos, lo diré más claramente. ¿Por qué yo he dicho: recoge el racimo y ten cuidado con las espinas, cuando el Señor dice: “¿por ventura se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos?” (Mt 7, 16). Esto es absolutamente cierto; pero también yo digo con verdad que tomes las uvas y tengas cuidado con las espinas, porque a veces el racimo nacido de las raíces de la vid cuelga de las zarzas, y, creciendo el sarmiento, se entrelaza con las espinas, y la zarza lleva un fruto que no es suyo. La vid no tiene espinas, pero el sarmiento se ha enlazado con las espinas. Busca las raíces, y hallarás la raíz del espino separada de la vid; busca el origen de la uva, y verás que procede de la vid. La cátedra de Moisés era la vid; las costumbres de los fariseos eran las espinas. La verdadera doctrina suministrada por los malos es el sarmiento en la zarza, el racimo entre las espinas. Toma con cuidado, no sea que, buscando el fruto, te lastimes la mano, y oyendo a quien dice cosas buenas, imites sus obras malas. “Haced lo que dicen”; escoged las uvas; “no hagáis lo que hacen”; cuidado con las espinas. Escuchad la voz del pastor en la voz de los mercenarios; no seáis vosotros mercenarios, pues sois miembros del pastor. El mismo apóstol San Pablo, que dijo que no tenía a nadie que fraternalmente se cuidara de vosotros, porque todos buscaban sus intereses y no los de Jesucristo, en otro lugar, estableciendo la diferencia entre los hijos y los mercenarios, sigue diciendo: “unos por envidia y competencia, otros por su buena voluntad predican a Cristo; otros por caridad, porque saben que he sido puesto para defender el Evangelio; otros por contumacia anuncian a Cristo, sin guardar castidad, intentando con esto hacer más pesadas mis cadenas” (Cfr. Flp 1, 13-19). Estos eran mercenarios; tenían envidia del apóstol San Pablo. ¿Por qué? Porque buscaban intereses temporales, van en pos de las comodidades temporales, ávidos del lucro y deseosos de honores humanos. Ved lo que dice a continuación: “y ¿qué? De cualquier modo que sea, ya ocasionalmente, ya con recta intención, mientras Cristo sea anunciado, me gozo y me gozaré en ello (Flp 1, 15-18). Cristo es la Verdad. Esta verdad es anunciada ocasionalmente por los mercenarios; por los hijos es anunciada en verdad. Los hijos esperan pacientemente la herencia eterna del Padre; los mercenarios exigen la pronta paga del patrón. Para mí no tiene valor la gloria humana, que tanto envidian los mercenarios, con tal que la gloria divina de Cristo se difunda, bien sea por la voz de los mercenarios, bien por la voz de los hijos; “y Cristo sea anunciado, ya ocasionalmente, ya verdaderamente.

Ya hemos visto también quién es el mercenario. ¿Quién es el lobo sino el diablo? ¿Qué es lo que dice del mercenario? “En viendo venir al lobo huye, porque no son suyas propias las ovejas ni le importa el cuidado de las ovejas. ¿Fue tal el apóstol San Pablo? No. ¿Fue tal San Pedro? No. ¿Fueron tales todos los demás apóstoles, a excepción de Judas, que era el hijo de perdición? No. ¿Eran ellos pastores? Enteramente pastores… ¿Quién es el mercenario? El que, viendo venir al lobo, huye, porque busca su interés, no el de Jesucristo; no se atreve a reprender con libertad al que peca. Pecó no sé quién, pecó gravemente; debe ser reprendido, debe ser excomulgado; pero, excomulgado, será un enemigo, maquinará y causará daños cuando le sea posible.

El que busca su interés y no el de Jesucristo, por no perder lo que pretende, por no perder la satisfacción de la amistad de un hombre y soportar las molestias de una enemistad, calla y no lo reprende. Aquí tenéis al lobo con las garras en la garganta de la oveja. El diablo ha incitado a uno de los fieles a cometer un adulterio; tú callas, no le reprendes. ¡Oh mercenario!, viste venir al lobo, y has huido. Puede ser que responda: aquí estoy, no he huido. Has huido, porque has callado, y has callado, porque has temido.

El temor es la huida del alma. Con el cuerpo te has quedado, pero has huido con el espíritu; lo cual no hacía quien decía: “aunque con el cuerpo estoy ausente, estoy presente con el espíritu” (Col 11, 5). ¿Cómo había de huir con el espíritu quién, estando ausente con el cuerpo, reprendía en sus cartas a los fornicadores? Nuestros afectos son movimientos del alma: la alegría es la expansión del alma; la tristeza es la contracción del alma; los buenos deseos son el progreso del alma; el temor es la fuga del alma. Expansionas tu ánimo cuando te alegras, lo contraes cuando te entristeces, lo haces adelantar cuando deseas, lo haces huir cuando temes. Ahí tienes por qué se dice que el mercenario huye cuando ve al lobo.

¿Por qué huye? “Porque no le importa el cuidado de las ovejas. ¿Por qué no le importa? “Porque es mercenario”, que quiere decir que busca una gratificación temporal, y por eso no habitará en la casa para siempre».

Hay pastores buenos y malos y los habrá siempre. ¡Está profetizado!

Frente a los malos, no nos escandalicemos como fariseos. ¡No disminuyamos la excelencia de Cristo, que también eso lo ordena para su gloria! Eso sí, recemos para no imitar a los malos, y para que el mayor número posible sean buenos, como lo pedimos de estos recién ordenados a quienes encomendamos a la Santísima Virgen.

Termino con una poesía de la Teresona[3]:

«Todos los que militáis

debajo desta bandera,

ya no durmáis, ya no durmáis,

pues que no hay paz en la tierra.

Y como capitán fuerte

quiso nuestro Dios morir,

Comencémosle a seguir,

pues que le dimos la muerte.

¡Oh, qué venturosa suerte

se le siguió desta guerra!

Ya no durmáis, ya no durmáis,

pues Dios falta de la tierra.

Con grande contentamiento

se ofrece a morir en cruz,

por darnos a todos luz

con su grande sufrimiento.

¡Oh glorioso vencimiento!

¡Oh dichosa aquesta guerra!

Ya no durmáis, ya no durmáis,

pues Dios falta de la tierra.

No haya ningún cobarde,

aventuremos la vida,

que no hay quien mejor la guarde

que el que la da por perdida.

Pues Jesús es nuestra guía,

y el premio de aquesta guerra;

ya no durmáis, ya no durmáis,

porque no hay paz en la tierra.

Ofrezcámonos de veras

a morir por Cristo todas.

Y en las celestiales bodas

estaremos placenteras.

Sigamos estas banderas,

pues Cristo va en delantera,

no hay que temer, no durmáis,

porque no hay paz en la tierra».

 

P. Carlos Buela, “Sacerdote para siempre”.


[1] Cfr. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, Obras Completas, vol. XIV (Madrid 2009) 196-210. Desde las palabras: «Yo soy el buen pastor», hasta: «mas el mercenario huye, porque es mercenario y no le importan las ovejas».

[2] El que por dinero sirve a un poder enemigo.

[3] Cfr. Obras Completas, Poesías (Madrid 2006) 664.

 

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