La universalidad del Espíritu Santo

Homilía predicada por el P. Carlos M. Buela el 31 mayo de 1998 en la Solemnidad de Pentecostés.

 Tratando de introducirnos en el gran tema del diálogo interreligioso –ya hemos hablando acerca de la voluntad salvífica universal de Dios Padre, de la mediación universal de Jesucristo, Dios hijo hecho hombre- , hoy, fiesta de Dios Espíritu Santo, Pentecostés, quiero desarrollar un poco más extensamente el tema de la acción universal del Espíritu Santo. Coincidimos con el año de la preparación al jubileo del 2000 dedicado a la tercera Persona de la Santísima Trinidad.

1. En la creación

Que Dios haya muerto, de hecho, por todo y cada uno de los hombres y mujeres, no puede entenderse sin la acción universal del Espíritu Santo.

Un primer elemento de esta universalidad de la obra del Espíritu se encuentra ya en la creación, sobre la que el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas[1]. En la Biblia se nos enseña además: «El Espíritu del Señor llenó toda la tierra, y Él que todo lo mantiene unido, sabe cuánto dice» (Sab 1, 7). Y esto vale para todo el universo.

2. En el hombre y la mujer

¡Cuánto más vale esto para el hombre y la mujer creados a imagen y semejanza de Dios[2]! Quiere estar presente en nosotros. Quiere morar en nosotros. Quiere ser amigo nuestro. Así hablamos de una amistad original, «amicitia originalis», del hombre con Dios y de Dios con el hombre[3], como fruto de la acción del Espíritu. El concepto bíblico de la creación implica, como dice Juan Pablo II: «…la presencia del Espíritu de Dios en la creación, o sea, el inicio de la comunicación salvífica de Dios a las cosas que crea. Lo cual es válido ante todo para el hombre…»[4].

3. Dios hace alianza con el hombre

A pesar de nuestros pecados Dios se ha acercado al hombre, varón y mujer, por medio de diversas alianzas: con Noé (Gen7, 1ss.), con Abraham y con Moisés, con los que Dios se ha hecho amigo (Sant 2, 23; Ex 33, 11).

En la Nueva Alianza, Dios se acercó tanto al hombre que envió a su Hijo al mundo. Se encarnó en María virgen por obra del Espíritu Santo. La Nueva Alianza, al contrario de la Antigua, no es de la letra, sino del Espíritu (2 Cor 3, 6). La Nueva Alianza es universal. Es la Alianza de la universalidad  del Espíritu. Universalidad quiere decir «versus unum», hacia uno. La misma palabra «espíritu» quiere decir movimiento, y éste incluye el «hacia», la dirección. Las palabras de Jesús sobre el Espíritu Santo indican que el «ser hacia» del Espíritu Santo se refiere a Jesús.

4. La estrecha relación entre Jesús y el Espíritu

La estrecha unión entre Jesús y el Espíritu se manifiesta, particularmente, en la unción de Jesús. Jesucristo significa que Jesús es el ungido de Dios con la unción que es el Espíritu: « El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido…» (Lc 4, 16: Is 61, 1-2).  Dios ha ungido a Jesús « con el Espíritu Santo y con poder». Por eso enseña bellamente San Ireneo: «en el nombre de Cristo se  sobreentiende el que unge, el que es ungido y la misma unción con es ungido. El que unge es el Padre, el ungido es el Hijo, en el Espíritu que es la unción»[5]. La Alianza del Espíritu es tan universal como la Alianza en Jesús.

5. Extensión de la unción

La unción de Cristo obrada por el Padre en el Espíritu Santo se extiende al Cristo Total, a los cristianos ungidos por el Espíritu, y a la Iglesia. Según San Ignacio de Antioquia Jesús recibió la unción: «para inspirar incorrupción a su Iglesia»[6]. Según San Ireneo: «para que nosotros fuéramos salvados al recibir de la abundancia de su unción»[7]. San Gregorio de Nisa dice: «La noción de la unción sugiere…que no hay ninguna distancia entre el Hijo y el Espíritu. De hecho, como entre la superficie del cuerpo y la unción del aceite, ni la razón ni la sensación conocen intermediarios, igualmente es inmediato el contacto del Hijo con el Espíritu; por tanto, el que está a punto de entrar en contacto con el Hijo mediante la fe, debe necesariamente entrar antes en contacto con el aceite. Ninguna parte carece del Espíritu Santo»[8]. El Cristo Total incluye en cierto sentido a todo hombre, porque Cristo se ha unido a todo hombre. El mismo Jesús enseña: «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mi me lo hicisteis» (Mt 25, 40).

6. La Iglesia es el lugar privilegiado de la acción del Espíritu Santo

En ella, el Espíritu suscita la variedad de carismas para utilidad común[9]. Según San Ireneo: «Donde está el Espíritu del Señor allí está la Iglesia, y donde está la iglesia está el Espíritu del Señor y toda gracia»[10]. San Juan Crisóstomo enseña: «Si el Espíritu Santo no estuviera presente no existiría la Iglesia: si existe la Iglesia, esto es un signo abierto de la presencia del Espíritu».

La acción universal del Espíritu está siempre en relación con la misión evangelizadora de la Iglesia que ha de llegar a todos los hombres. El Espíritu Santo precede y guía la predicación, está en el origen de la misión a los paganos (Hech 10, 19. 44-47), ¡Es el protagonista de la misión[11]!

El envío del Espíritu santo es el don de Jesús resucitado (hech 2, 32; cfr. Jn 14, 15. 26; 15, 26; 16, 7; 20, 22). El Espíritu Santo nos es dado como Espíritu de Cristo, Espíritu del Hijo. Es impensable una acción universal del Espíritu que no esté en relación con la acción universal del Jesús como enseña San Ireneo: «… El señor recibiendo el poder del mismo Padre, enviando el Espíritu Santo (a los discípulos) les dio como don el participar de su oficio», y San Hilario: «Y porque fue exaltado sobre los cielos toda la tierra se había de llenar de la gloria del Espíritu Santo, ya que está escrito: «tu gloria está sobre todo la tierra» (Sal 57, 6-12). Cuando sea derramado sobre toda carne el don del Espíritu,  se afirmará la gloria del Señor exaltado sobre los cielos». Sólo por la acción del Espíritu Santo podemos asemejarnos a Jesús: «y todos nosotros, con el rostro descubierto, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en esta misma imagen, de gloria en gloria, según la acción del Espíritu» (2 Cor 3, 18).

7. El Espíritu lleva a Cristo

El Espíritu Santo lleva a todos los hombres hacia Cristo, el Ungido. Cristo los dirige a su Padre. Nadie va al Padre si no es por Jesús, porque Él es el camino (Jn 14,6), pero es el Espíritu Santo el que guía a los discípulos a la verdad entera (Jn 16, 12-13). La palabra «guiará» (hodegései) incluye el camino (hódos). El Espíritu Santo guía por tanto por el camino que es Jesús, que lleva al Padre. Por ello nadie puede decir «Jesús es el Señor» si no es movido por el Espíritu Santo (1 Cor 12, 3).

8. ¿Por qué camino concreto?

Muchas veces el camino concreto por el que el Espíritu Santo lleva a los hombres a Jesús nos es desconocido. Sólo Dios lo conoce. Enseña el Concilio Vaticano II: «Cristo ha muerto por todos, y la vocación última del hombre es efectivamente una sola, la divina; por ello debemos creer que el  Espíritu Santo da a todos la posibilidad de ser asociados, del modo que Dios conoce, al misterio pascual».

De ahí que todos los pueblos son llamados, de varios modos, a la unidad del pueblo de Dios que el Espíritu promueve: « Este carácter de universalidad que adorna y distingue al pueblo de Dios es don del mismo Señor, y con ella la Iglesia católica, eficaz y constantemente, tiende a recapitular toda la humanidad, con todos sus bienes, en Cristo cabeza, en la unidad de su Espíritu…

Todos los hombres por tanto están llamados a esta unidad católica del pueblo de Dios, que prefigura y promueve la paz universal, y a la cual de varios modos pertenecen o se ordenan los fieles católicos, los otros creyentes en Cristo, y también en fin todos los hombres, llamados por la gracia de Dios a la salvación[12]».

Queridos hermanos y hermanas:

No caigamos nunca en la falsa dialéctica de oponer el Espíritu a Cristo o Cristo al Espíritu. Como dice Juan Pablo II: «Este Espíritu es el mismo que ha actuado en la encarnación, vida, muerte y resurrección de Jesús, y obra en la Iglesia. No es por tanto una alternativa a Cristo, ni llena una especie de vacío, como a veces se presupone que existe entre Cristo y el Logos. Lo que el Espíritu obra en el corazón de los hombres, o en la historia de los pueblos, en la culturas o religiones, asume un papel de preparación evangélica y no puede no referirse a Cristo»[13].

Nunca perdamos de vista la universalidad de la acción del Espíritu, de manera especial en el trato pastoral con aquellos con quienes nos comunicamos. No apaguemos nunca jamás ni la más pequeña chispita del Espíritu de Dios. Sepamos defender siempre lo que el Espíritu Santo obra en nosotros y en los demás, aunque no siempre lo sepamos comprender.

No nos olvidemos que la universalidad del pueblo de Dios es un don de Dios que siempre debemos pedirlo para que lleguemos a ser instrumentos que no impidan a otros hermanos y hermanas formar parte de ese pueblo de Dios, más aún seamos grandes apóstoles a favor de esta universalidad anhelada.

La mejor manera de no tener anteojeras que nos impidan ver la multiforme acción universal del Espíritu Santo es aprender a reconocer su acción en la Santa Misa, donde no sólo transustancia el pan y el vino en toda lengua, sino que, por así decirlo, funde cada uno de nuestros personales sacrificios espirituales en el de Cristo en el Calvario y porque ofrece por todos los hombres y mujeres.

Aprendamos una vez más que si la misión del Espíritu Santo no tiene fronteras, no debe tener frontera la misión de los misioneros. No sólo no caben la fronteras geográficas, lingüísticas, culturales, étnicas…, pero ni siquiera nuestros límites personales, ni nuestros pecados personales. ¡El Espíritu Santo es muchísimo más que cualquier limitación humana!

Seamos escrupulosos en proteger aún el más mínimo elemento que sea preparación evangélica para nuestros hermanos.


[1] Cf. Gen. 1, 2.

[2] Cfr. Gen 1, 21-27.

[3] Concilio de Trento, DS 1528

[4] Encíclica  Dominum et vivificantem. 12.

[5] Adv. Haer. III, 183; cfr. San Basilio, De Spiritu Sancto, XII, 28; San Ambrosio, De Spiritu Sancto, I 3, 44.

[6] Ad Ephesios, 17, 1.

[7] Adv. Haer. III 9, 3. También enseña que el Espíritu desciende sobre Jesús para «habituarse» a habitar en el género humano, Ib. 17, 1.

[8] De Spiritu Sancto contra macedonianos, 16.

[9] Cfr. 1 Cor 12, 4-11.

[10] Adv. Haer., III 24, 1.

[11] Cfr. Juan Pablo II, Redemptoris missio, 21-30.

[12] Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 13.

[13] Juan Pablo II, encíclica Redemptoris missio, 29.

Anuncios

Deje una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s