Santiago de Compostela

Santiago de Compostela:[1]

Tercer y último punto. Pero además hoy es la fiesta de Santiago el Mayor, bajo cuyos estandartes se realizó la obra grandiosa de la Evangelización de América. De tal manera que la cultura iberoamericana está marcada a fuego por su impronta. No ha habido en España, en Europa, ningún otro lugar de culto y peregrinación con las consecuencias y los alcances del de Santiago de Compostela, fuera de Roma (porque en Roma están Pedro y Pablo). Pero después de Roma, Santiago de Compostela. Y ninguna otra devoción como la del Patrón Santiago sostuvo a todo un pueblo en la defensa de su fe durante siglos y unió reinos diversos que se sintieron unidos por tener el mismo liderazgo del Apóstol.

Por eso en el poema del Cid del siglo XI, se dice: «Los moros llaman: ¡Mafómat!, e los cristianos: ¡Santi Yagüe!»[2], y si lo invocan es porque están convencidos de que combate con ellos. Por eso se lo consideró como el defensor frente a los moros.

En un poema Alfonso XI le hace decir al rey moro Don Jusaf, en 1340, luego de la batalla del Salado:

«Santiago el de España

los mis moros me mató,

desbarató mi compaña,

la mi seña quebrantó.

Yo lo vi bien aquel día

con muchos ommes armados,

el mar seco parecía

e cubierto de cruzados»[3].

En el Poema del gran Conde de Castilla, él cuenta que oye una gran voz en la batalla de Hacinas, contra Almanzor:

«Alçó susos sus ojos por ver quién lo llamaba,

vio el santo apóstol que de suso le estava,

de caveros con él grand compaña levava…»[4].

Y en un sermón atribuido al Papa Calixto II, se dice de Santiago:

«Brillaba en la conversación como el lucero refulgente de la mañana entre las estrellas, al igual que una gran luminaria»[5].

Por todo eso es que la fe del pueblo ve durante muchos siglos en Santiago al «Miles Christi», al «hijo del trueno», a un dióscuro cristiano. El pueblo lo creía a Santiago ligado no solamente en espíritu, por haber sido un fraternal y unidísimo compañero de Cristo, sino que incluso, por esa relación especial con Cristo, creían que ambos tenían un gran parecido físico, y por eso lo veían como si fuese el gemelo de Jesús. Y así el pintor Santiago del Biondo, del siglo XIV, pone a Santiago con el báculo, pero su rostro es igual que el de Cristo (esta pretendida gemelidad dio pie para que los Obispos de Compostela se consideraran Pontífices de todo el orbe cristiano .como si fuesen el Papa de Compostela., y esa es la razón por la cual los Reyes de Aragón se titularon Emperadores; porque si era Emperador el que estaba en Roma, porque tenía las reliquias de Pedro y Pablo, ellos también eran Emperadores porque tenían las reliquias del Apóstol Santiago). Ese parecido físico, por cosas que no podemos desarrollar acá, a veces se lo daban con Santiago el Menor, «el hermano del Señor», hermanos porque eran hijos de dos hermanas. Sin ir más lejos, hace unos días, en Milán, en el Palacio de Brera, pude contemplar un cuadro donde aparecen con el mismo rostro: nuestro Señor Jesucristo, Santiago el Mayor y Santiago el Menor, dióscuros cristianos. A veces también se lo pone en yunta con San Millán[6].

Y el pueblo vio a Santiago cabalgando por los aires, jinete en su corcel de blancura deslumbrante. Y por eso su sepulcro fue y es meta de peregrinaciones internacionales. Tal es así que el gran poeta italiano Dante dice: «No se entiende peregrino sino quien va a la casa de Santiago…; se llaman peregrinos en cuanto van a la casa de Galicia, cuya sepultura es más lejana de su patria que la de cualquier otro Apóstol»[7]. De tal manera que los peregrinos seguían por el suelo las huellas trazadas en el cielo «por el camino (o por el caballo) de Santiago», como se llamaba y como se llama aun hoy a la Vía Láctea, que está en dirección de Santiago. De ahí que su figura fue una clave del esfuerzo reconquistador y fue una clave del esfuerzo evangelizador en América, en África y en Asia. Por eso a comienzos del siglo XIII, escribía Lucas de Tuy: «Dios omnipotente enriqueció a España con tantos dones celestiales, que hasta hizo venir a ella el cuerpo de Santiago, protomártir de los Apóstoles, para que perpetuamente lo poseyera en su propia carne»[8].

En el siglo XVI, Fray Luis de León decía de Santiago:

«Por quien son las Españas,

del yugo desatadas

del bárbaro furor, y libertadas».

Y Feijóo en el siglo XVIII dirá:

«¿Qué grandeza iguala a la de haber visto los españoles a los dos celestes campeones Santiago y San Millán, mezclados entre sus escuadras?».

En América, ocho ciudades llevan su nombre y fue vista su figura trece veces entre 1518 y 1892. A semejanza de lo que pasó en Simancas cuando venció el Rey Don Ramiro II, y en la batalla de Mérida en tiempos del rey Don Alfonso IX.

Hoy, en este día, en este lugar tan preciado para nosotros, debemos pedir al Apóstol Santiago la gracia de saber combatir recio como combatió recio él. La gracia de saber continuar su estupenda y continuada proeza. De que nos incite siempre a galopar por los espacios de nuestra fe. Hasta los límites del mundo. Dispuestos a las nuevas empresas, a las grandes obras. Adonde hay mucho de peligro, donde es necesario vivir el heroísmo momento a momento. ¡Por eso Señor Santiago, en este día, te pido que no dejes de galopar en tu caballo blanco por los cielos! Nos consideramos de tus mesnadas y necesitamos de tu patrocinio, de tu protección, de tu guía, de tu inspiración y ejemplo. ¡Divino rayo, hijo del Zebedeo y de María Salomé, Boanerges, hijo del trueno, enardece nuestros corazones, ensánchalos, para que abracemos a toda la humanidad dolida!

P. Carlos Miguel Buela, Las Servidoras, Tomo II, pag.256.


[1] Usaremos abundantemente como fuente el libro de AMÉRICO CASTRO, Santiago de España, Emecé Editores (Buenos Aires 1958) 153.

[2] Verso 371.

[3] Coplas 1881.2.

[4] Copla 551.

[5] PL 163, 1387.

[6] BERCEO, Vida de San Millán, 437.39.

[7] Vita Nova, XL.

[8] Chronicon Mundi, en Hispania Illustrata, edit. por Andrés Schot (Frankfurt 1608)III, 2.

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