La historia de nuestra relación personal con Jesucristo Sacramentado

Venid y ved (Jn 1,39).

A manera de introducción me pareció conveniente llamar la atención sobre un aspecto muy importante de nuestra vida como consagrados, más bien un aspecto esencial de nuestro ser sacerdotal, de nuestra vida religiosa y cristiana. ¿Cuál es ese aspecto? Nuestra relación personal e íntima con Jesucristo Sacramentado.

Los sacerdotes vivimos en contacto permanente con Jesucristo Sacramentado. Celebramos la Misa a diario, distribuimos elCuerpo y la Sangre del Señor a millares de personas, muchas veces debemos llevar el Viático a los enfermos, tantas veces más debemos ingresar al Templo y pasar por delante del Señor en el Sagrario y, si vivimos en fidelidad a nuestro trabajo más importante, muchas horas de nuestra vida pasan delante del Santísimo ya sea en momentos de adoración, meditación,contemplación…

Lo mismo se puede decir de la vida del seminarista, o del religioso o de la religiosa o del fiel cristiano laico. La obra másimportante de la jornada de un consagrado sin lugar a dudas es la participación en el Sacrificio Eucarístico. Pero durante la jornada de un religioso hay otros momentos de contacto directo y personalcon el Señor en el Sagrario: las visitas al Santísimo Sacramento, laadoración eucarística, que tantas bendiciones nos ha traído y que por eso en nuestra familia religiosa es costumbre realizarla a diario, etc. En resumidas cuentas, toda nuestra vida estámarcada por un contacto asiduo con la Eucaristía. De ahí la necesidad de que nos sumerjamos en la meditación de estemisterio, y la necesidad de que siempre profundicemos, más y mejor, en nuestra fe en la presencia verdadera, real y sustancial de Jesucristo en el Sacramento eucarístico.

Y para comenzar a sumergirnos ahora en la meditación de este misterio, varias veces vamos a repetir, a modo de estribillo, una frase del Papa Inocencio III que sintetiza espléndidamente lo que implica nuestra fe eucarística: «Se cree otra cosa de lo que se ve y se ve otra cosa de lo que se cree»770. Por eso, ¡mysteriumfidei! ¡Misterio de la fe!

Este sacramento es un misterio de la fe, y como tal loproclamamos en la Santa Misa cuando, finalizada la consagración, cantamos o decimos: «¡Éste es el misterio de la fe!». Creer en la Eucaristía no te lo da ni la carne ni la sangre (Mt 16,17), ni latradición familiar, ni el catequista, ni nuestra capacidad intelectual, ni nuestra virtud… ¡creer en la Eucaristía es un don del Padre Celestial!

No hay nada más simple, y al mismo tiempo, nada máscomplejo que la fe en la Eucaristía. Pero de esta «simplicidad» y«complejidad» de nuestra fe eucarística trataré luego.

Ahora, a manera de «captatiobenevolentiae», quiero hablarlesde mi pequeña historia de la fe en la Eucaristía, que debe ser muy parecida a la de todos ustedes. Pienso que puede resultar de mucho provecho que cada uno reconstruya su propia historia, la historia personal de su fe en la Eucaristía. Y para orientarles alrespecto, me tomo la libertad de hacer mi historia personal porque –como dije– pienso que debe ser muy parecida a la de ustedes.

De mi niñez recuerdo que ya desde antes de los 4 años mimadre me llevaba con ella a Misa en la Parroquia San Bartolomé Apóstol, de Chiclana y Boedo, en la Ciudad de Buenos Aires, y en la Misa había algo que siempre me llamaba la atención: ¡las campanillas! Cuando sonaban, sólo sabía que pasaba algo «fuerade lo común». Mi idea a esa edad era que la Misa era algo «grande», «sagrado». Yo no conocía entonces la palabra «sagrado». Me llamaba la atención que al sonido de las campanillas todo el mundo se arrodillaba. Mi mamá me había enseñado que en ese momento había que inclinar la cabeza, peroyo miraba –por debajo del apoya brazos del banco de la iglesia, enel que tenía puestas las manos– hacia delante, hacia el altar, como queriendo saber qué cosa era eso grande que pasaba allí. Y, que yosepa, nunca en mi vida dejé de tener la certeza más inconmoviblede que allí, en el altar, pasaba algo grande, muy grande, inconmensurablemente grande.

Fueron pasando los años y comencé a prepararme para la Primera Comunión. Me invitó mi amigo Roberto Destéfano, conquien hicimos los siete años del colegio primario siempre juntos. Tuve solamente tres meses de Catecismo de las 93 preguntas. La que me parecía simplemente grandiosa era la que enseñaba que Jesús está en la Eucaristía: «Verdadera, real y substancialmente». Por supuesto que no sabía explicar lo que querían decir cada una de esas palabras, pero lo que entendía es que ¡sin dudas allí estaba presente Jesús! El Párroco, P. Pedro Raúl Luchía Puig, que lo fue por 27 años, era quien nos explicaba el Catecismo. Una vez, el Padre comenzó a explicar las imágenes de cada altar: «Éste esSan… ; esta otra imagen representa a San… ». Y le habían faltado explicar dos que a mí me llamaron, siempre, particularmente, la atención. Levanté la mano y le pregunté: «¿Y aquellos dos?». ¡Eran San Pedro y San Pablo! Creo que desde ahí me enamoré de ellos. El uno, con sus llaves y, el otro, con su espada.

Una vez explicó el milagro de la curación del paralítico. No tenía ni la menor sombra de duda sobre la realidad del milagro, pero viendo la altura del techo del templo, me pareció muy loco hacerlo descender al paralítico desde tantos metros de altura y un milagro que no se hubiese caído. Claro, yo no sabía que los techos de las sinagogas eran bajos.

Así llegó el día de la Primera Comunión, inolvidable. Fue un 8 de diciembre de 1949, día de la Inmaculada Concepción. La mayoría de las vocaciones Dios las inspira el día de la Primera Comunión, en el día de ese primer contacto directo con el Señor. Yo estoy convencido de esto.

En aquella época el tiempo de ayuno eucarístico para comulgar era mucho más largo; no era tan solo una hora, sino desde las 12 de la noche. Y estaban especificadas todas las cosas que rompían el ayuno. Antes de la Misa me vino la duda de si había roto el ayuno por haberme lavado los dientes con dentífrico, porquesentía su gusto, ¡como si el dentífrico fuera alimento!

Ese día todo era una novedad. Estaba vestido de traje azul de pantalones cortos, camisa blanca con un cuello de plástico duro que se enganchaba con una especie de gemelo de donde colgaba una corbata blanca, con un moño blanco hermoso en el brazo derecho, medias blancas hastadebajo de la rodilla, estrenaba unos zapatos de charol negro –que se lustraban con manteca– que me hacían doler los pies, y había una cosa que ahora podría resultar incomprensible: ¡llevaba puestos, por primera y única vez en mivida, unos guantes blancos! Antes de salir de casa, mi padrino ymadrina me habían regalado mi primer reloj, marca «Tomasi»,que llevaba orgulloso en la muñeca izquierda y resonaban en mis oídos la advertencia: «No lo vayas a perder». Además del incordio de los guantes, llevábamos en las manos: un rosario blanco, el libro de la Primera Comunión de tapas de nácar que habían usado mis primos; en la Parroquia el párroco nos regaló el librito «El tesoro del cristiano» y nos dieron el folleto «La Misa dialogada», para seguir la Santa Misa. Y en una bolsita blanca teníamos las estampitas recuerdo de la 1ra. Comunión, que luego serviría para poner las monedas que nos regalarían los parientes, amigos y conocidos que habríamos de visitar. Todo muy incómodo, pero ¡yo era muy feliz! Todas aquellas cosas contribuían a que uno percibiera que lo que iba a realizar era algo «grande», «fuera de lo común», algo de lo que no me habría de olvidar nunca.

Varias veces los niños o niñas de catecismo habíamos practicado los cantos y la ceremonia. Estábamos muy bien preparados. Niños y niñas representando ángeles eran losencargados de guiarnos en fila hacia el comulgatorio, donde de rodillas recibiríamos el Santísimo Sacramento ¡Hacían las cosas bien! Y así se deben organizar las cosas, con esmero, con anticipación, cuidando los detalles…

Allí llegó el momento esperado, a voz en cuello todos cantábamos, con bríos, el hermoso canto

«Oh, santo altar, por ángeles guardado,

yo vengo al fin, con júbilo a tus pies.

Aquí mi Dios, de mí tan deseado,

se ofrece a mí por la primera vez.

Hora feliz en que el Señor del cielo,

se ofrece a mí por la primera vez,

por la primera vez, por la primera vez».

Nos dirigimos al comulgatorio, allí nuestro viejo Párrocomostrándonos la Hostia y haciendo con ella sobre nosotros una señal de la cruz, nos dijo: «El Cuerpo de Cristo guarde tu alma para la vida eterna». Respondimos ansiosos: «Amén». Yrecibimos por primera vez el Cuerpo, Sangre, Alma y divinidad de nuestro Señor Jesucristo. ¡Un momento inefable! Volvimos a los bancos, nos arrodillamos para hablar con Jesús y allí desapareció de mi mente traje, zapatos, cuello, reloj, libros… todo eso era nada en comparación con Jesús, que estaba cerca de mi corazón… y lo amé, le di gracias, y le pedí por muchas cosas… (¡Hace más de 50 años que ocurrió eso y me parece que fue ayer! ¡Ni los pequeños detalles se borraron de mi mente!).

Otro gran momento fue la Segunda Comunión, el 6 de enero siguiente. Ese día se entregaba el diploma firmado por el Párroco, un diploma de Recuerdo de la Primera Comunión, como hasta hoy en muchas partes se acostumbra. Hay costumbres muy hermosas con respecto a la Primera Comunión en cada país. Por ejemplo, enPolonia hay una octava posterior al día de la Primera Comunión.Durante ocho días los niños se acercan a la Iglesia a recibir laComunión con sus trajes de 1ra. Comunión y cantan por las calles.

Poco tiempo después de mi Primera Comunión comencé a ayudar a Misa como monaguillo en mi parroquia. Me enseñó a ser monaguillo mi amigo que luego fuera el Padre Carlos Alberto Lojoya, cuando tendríamos unos 9 años. En aquel entonces las Misas eran siempre en latín y siempre en la mañana y había que madrugar para participar de ellas. Ayudar a Misa era algo que me agradaba tanto que algunas veces mi papá me castigaba por alguna travesura no dejándome ir a ayudar a Misa. ¡Y cómo uno por ser monaguillo fue aprendiendo el amor, el respeto por Jesús Sacramentado! Ayudábamos en las Misas, en las Bendiciones Eucarísticas, en los funerales, en los bautismos, en los casamientos… Tuve problemas para aprender la respuesta en latín al «Orate fratres…»771. Un viejo monaguillo me dio la solución salvadora –por un tiempo– cuando me dijo: «Decí en vos alta: “SuscipiatDominumsacrificium…”, luego baja la voz y al final con voz alta decí: “…sanctae”».

Otros momentos «fuertes» de contacto con el Santísimo Sacramento que recuerdo de niño son las visitas que hacíamos la noche del Jueves Santo a las Siete Estaciones, una hermosa costumbre que recuerda la peregrinación ideada por San Felipe Neri a las Siete Iglesias principales de Roma. El recorrido común que hicimos durante años era: Jesús de Nazaret en Avda. La Plata, Nuestra Señora de Pompeya en Av. Sáenz –donde conocíamos a los capuchinos Bonifacio de Ataún, Casiano, León, Fray Mateo el sacristán…–, Nuestra Señora de la Divina Providencia en la calle Cachi de los Padres de Don Orione, San Antonio en Av. Caseros, la capilla de Nuestra Señora de Luján en la calle Jujuy –donde fue capellán durante muchos años un gran sacerdote el P. Cabello–, San Cristóbal –donde lo veíamos sentado en su confesonario, con el Rosario en las manos, al santo P. Enrique Lavagnino, que luego nos honrara con su amistad–, por último San Bartolomé Apóstol. También recuerdo el esmero con que se preparaba el Monumento para el Santísimo en cada Iglesia y –algo inolvidable para mí– ¡las procesiones del Corpus alrededor de la Plaza de Mayo! El Intendente llevando el Bordón, los hombres de la Cofradía del Santísimo Sacramento con sus capas me emocionaban por su señorío, su dignidad y su reverencia por el Santísimo. Más tarde conocí el nombre de alguno de ellos, si no me equivoco: Tomás Casares, Manuel Bello, Carlos Ibarguren, Santiago de Estrada – quien luego fuera mi Rector cuando enseñaba Teología en la Facultad de Derecho de la UCA y a quien le encantaba acompañarme en las mesas de exámenes–, Lagos, Fontenla… y muchos más. A ellos les debo, en parte, el no haber dejado nunca de considerar la Eucaristía, como algo sagrado. Desde entonces, siempre fue para mí una cita de honor participar de la procesión del Corpus, salvo cuando casi la convirtieron en una especie de «Sambódromo». Su recuerdo me sirvió para restaurar la procesión del Corpus en la dignidad que nunca debe perder.

Mi madrina de bautismo me pagaba un curso de piano. A mí no me gustaba, no tenía vocación para ello, ni oído. (¡La que tenía vocación era mi madrina!) Pero lo que aprendí me sirvió para tocar el órgano en la Misa, en la bendición con el Santísimo Sacramento y ayudar a embellecer la liturgia.

P. Carlos Miguel Buela, Nuestra Misa, pág. 355.

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Una respuesta a “La historia de nuestra relación personal con Jesucristo Sacramentado

  1. hermoso su encuentro con cristo querido padre, yo en cambio no me acuerdo mucho de mi primera comunión y por mucho tiempo estuve lejos de mi Señor hasta que por obra del del Espiritu Santo conocí al padre Marcone acá en la Pintana (chile) y volvi a encontrarme con Cristo mi Señor . Hoy soy Feliz de tener Misericordia de Mi una pobre pecadora.

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