Mi amigo

Vosotros sois mis amigos… (Jn 15,14).

Tal vez ya estaba cerca de su partida de este mundo. Con su andar cansino ya por los años, había trajinado por los caminos de Asia Menor (Frigia, Licaonia, Armenia…), Egipto, Adén, Arabia, Partia, Media, Elam, Siria… y, según algunos, había llegado hasta la misma India. Pero no era lo que se dice un trotamundos. Su vida tenía un centro, que nunca se apartaba de su mente y de su corazón. Ese centro era una Persona. ¡Era su amigo!

Nunca se olvidaba de Él. Lo recordaba con esa memoria de las personas mayores que recuerdan con más facilidad los uno y mil detalles de sucesos ocurridos hace tiempo, que no de los recientes. Y los años, lejos de mitigar, habían hecho crecer su capacidad de asombro.

No podía olvidarse de la sala alta, grande, alfombrada, dispuesta (Mc 14,15) donde escuchó por primera vez las palabras ¡Haced esto en memoria mía! (Lc 22,19). Y luego, bajando por la larga escalera –rodeada de viñedos– por la ladera oriental de la Colina del Oeste, desde el Barrio Nuevo o Mishneh atravesando el Barrio Makhtesh o del Mortero[1] (o Jofaina[2]) hacia el Valle del Cedrón, aquellas otras palabras que lo habían conmovido profundamente: Vosotros sois mis amigos (Jn 15,14). ¡Amigo del Señor! ¡Qué título tan honroso! ¡«El amigo es otro yo»[3], habían enseñado los antiguos!

En rigor, el Señor lo había flechado desde aquella vez que, invitado por el Apóstol Felipe, se encontró con Él[4] y lo reconoció como Maestro, como Dios y como Mesías: Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel (Jn 1,49).

La amistad espiritual de San Bartolomé con Jesús se manifestó en tres cosas[5]:

1. En la oración de Bartolomé;

2. En la obediencia universal;

3. Por la aflicción de mártir.

1. «Digo, en primer lugar, que San Bartolomé tuvo amistad espiritual con Cristo, a través de la oración espiritual. Pues contemplando y hablando se engendra el amor entre dos personas. Estas dos fases se encuentran en la oración espiritual y devota, en la que se contempla a Jesús de la cabeza a los pies. Primeramente, su cabeza, coronada de espinas; los vituperios y blasfemias que escucharon sus oídos…, etc. De esta manera entra el amor divino en el corazón, contemplando maltrecha la hermosura de nuestro amor… En segundo lugar, hablando, razonando y diciendo: Señor, perdóname; tengo tal defecto o pecado; Señor, ayúdame. De esta manera nace el amor. Tercero: contemplando cómo Cristo está sentado a la mesa de eternidad, el fiel devoto descansa en Él, viendo su tranquilidad gozosa. De éste dice la Escritura: El que ama la pureza de corazón, tendrá por amigo al rey por la gracia de sus palabras (Prov 22,11). La pureza de corazón consiste en separarse de los negocios mundanos y en darse a la oración y contemplación. Así lo hizo San Bartolomé.

2. En segundo lugar, San Bartolomé poseyó la amistad con Dios por la obediencia universal, pues fue obediente a todos los preceptos divinos. Y Cristo decía: Sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando (Jn 15,14). Parece que no es muy de alabar la obediencia de San Bartolomé a los diez  mandamientos divinos, pues todos han de obedecerlos y sujetarse a ellos. Pero tengamos muy en cuenta que fue obediente no sólo a los preceptos, sino también a los consejos y disposiciones apostólicas, pues cumplió todo lo que Cristo quiso decir cuando envió a los apóstoles: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda creatura (Mc 16,15). Cristo muestra aquí el lugar en el que hay que predicar, es decir, en el mundo entero, y no sólo en una villa, ciudad o provincia. Les marcó el movimiento del sol, que sale e ilumina, calienta y hace fructificar por todo el mundo, y no se detiene nunca en un lugar. En segundo lugar, indica la materia que debían predicar: el evangelio, y no Virgilio, Ovidio…, etc., porque los poetas están condenados y, por tanto, su doctrina a nadie salva, aunque sea grata al oído. Si alguien me pregunta si puede predicarse el antiguo Testamento, le diré que quien predica la Biblia no predica sino el evangelio, porque el viejo Testamento no es otra cosa que el evangelio figurado, esclarecido en el nuevo Testamento. Estas son las palabras de Dios, que convierten las gentes e iluminan los corazones. Por eso dice el Apóstol: No me avergüenzo del evangelio, que es poder de Dios para la salud de todo el que cree (Rom 1,16). Y en tercer término, muestra a qué personas hay que predicar: A toda creatura. No sólo a los cristianos para consolar sus almas, sino también a los conversos, judíos y moros, porque es poder de Dios para la salud de todo el que cree.

El segundo mandato de Cristo a los apóstoles fue sobre la guerra. ¡Oh! ¡y en qué guerra se vieron los apóstoles! Los predicadores modernos vienen a predicar entre cristianos y en tiempos de paz. Los apóstoles predicaban entre infieles y a los filósofos una doctrina elevadísima y nueva, como eran los misterios de la Trinidad, la Encarnación, la Pasión de Cristo, sobre el Sacramento del altar…, etc. Peleaban contra la naturaleza, que propina enfermedades; contra los demonios, contra la muerte, resucitando muertos, curando enfermos y lanzando demonios[6].

El tercer precepto que dio Cristo a los apóstoles fue acerca de la pobreza: no llevéis oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón (Mt 10, 9-10). Y con esa pobreza convertían a los pueblos. Las gentes se preguntaban: ¿Qué quieren éstos? Buscan nuestra salvación, y no el dinero.

3. Digo, por último, que San Bartolomé tuvo la amistad con Cristo por la aflicción de mártir. Por el martirio se alcanza la amistad con Dios: Nuestro padre Abraham fue tentado y probado en muchas tribulaciones, y de este modo se hizo amigo de Dios (Sant 2,22).

Digamos los cuatro martirios de San Bartolomé, narrados por los probados autores (según la tradición). Después de la conversión del rey Polemio, su hermano Astiages envió mil hombres armados para que apresaran a San Bartolomé. El primer tormento que le aplicaron fue la verberación, tan cruel, que no murió por verdadero milagro. En ella se recreaba, según San Ambrosio, pronunciando el nombre de Jesús a cada golpe que recibía. ¡Excelente medicina! El segundo tormento fue ser crucificado con los pies hacia lo alto. El tercero, que fue despellejado, después que lo bajaron de la cruz. Esta pena fue terrible, algunos dicen que con la piel pendiente del cuello continuaba predicando. Y el cuarto tormento fue la decapitación.

Si el martirio es medio para alcanzar la amistad con Dios, San Bartolomé fue gran amigo del Señor. Si queremos entrar en el paraíso, es necesario que nos asemejemos a San Bartolomé en estos cuatro tormentos. Primero, hemos de ser golpeados con varas. Pues cuando alguien que vive habitualmente en mal estado se enmienda, llegan enseguida los flagelantes. Sobre esto dice el Apóstol: Todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones (2 Tim 3,12). Segundo, es necesario que seamos crucificados. La cruz significa la penitencia que debemos soportar: Los que son de Cristo crucificaron su carne con sus vicios y concupiscencias (Gal 5,24). Tercero, seremos despellejados. Si tienes piel de león (soberbia y vanidad), humíllate. Si tienes piel de zorra (avaricia) despelléjate y restituye las usuras; te hará daño, pero debes restituir. Por último, es necesario ser decapitados. La cabeza de la que proviene todo mal es la soberbia y la presunción, cuando el hombre presume de su grandeza, de su ciencia o ingenio. Luego, hay que someterse a la decapitación, porque la cabeza de todo pecado es la soberbia (Eclo 10,15)»[7].

Queridos hermanos:

¡Imitemos a este grande!

¡Que nuestra oración sea parecida a la de él!

¡Que lo sigamos en predicar por todas partes el evangelio, sabiendo que eso nos traerá guerra, pero hagámoslo en la mayor pobreza!

¡Que seamos novios de la cruz, sin escapar a las aflicciones del mártir!

La Reina de los Apóstoles nos ayude.


[1] Cf. Sof 1, 10-11; AMIHAY MAZAR, Archaeology of the land of the Bible, Editorial Doubleday, New York 1990, 417ss.

[2] Cf. Biblia de Jerusalén, Sof 1,10-11, nota.

[3] ARISTÓTELES, IX Ethic., Editorial Porrua, México 1970, c. 4, 120.

[4] Cf. Jn 1, 43-51.

[5] Seguiremos en estos tres puntos a San Vicente Ferrer.

[6] Cf. Mt 10,5

[7] SAN VICENTE FERRER, Biografía y Escritos, Editorial Católica, Madrid 1956, 650-653.

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