ALEGRÍA DESBORDANTE… ¡REÍR PARA SIEMPRE!

“Permitidme gritar fuerte: ¡es hora de volver a Dios! A quien no tiene todavía la alegría de la fe se le pide la valentía de buscarla con confianza, perseverancia y disponibilidad. A quien ya tiene la gracia de poseerla se le pide que la aprecie como el tesoro más valioso de su existencia, viviéndola profundamente y testimoniándola con pasión. (…) Sólo Dios puede satisfacer plenamente las aspiraciones del corazón humano”.  (Alocución, 07-03-1993). 

 

Magnanimidad, esperanza, rebeldía, libertad, vida en plenitud… Todo eso es, de alguna manera, causa de la alegría. Si se ve a un joven que no tiene fuerza; que se queda sin respuestas y “sin reservas” ante las dificultades; si se ahoga en un vaso de agua… Si no hay libertad verdadera, esperanza, rebeldía, magnanimidad…, no habrá alegría.

La alegría es el distintivo inequívoco del joven que tiene grandes ideales. Si estás lleno de “depresiones y pesimismos”, si no sabes salir de ti mismo, si te bajoneas y no te animas a gozar de la vida de verdad… si no eres realmente alegre, eso significa que no tienes grandes ideales, que no eres libre, que no tienes una verdadera esperanza…, que no sabes vivir tu vida con creatividad, arrojándote a grandes aventuras. En definitiva, que no te animas a hacer tuya la aventura más grande de la historia: seguir a Jesucristo, el gran aventurero.

Alegría y juventud: la aventura de lo nuevo    

De la misma manera que todas las virtudes arriba mencionadas se encuentran en una íntima conexión con ese modo de vivir que hemos llamado “juventud”, la alegría, que es signo, adorno y “corona” de esas cualidades, es propia del alma joven. Es imposible vivir como joven y no ser alegre. La tristeza es signo inequívoco de decrepitud y decadencia, de derrota y claudicación.

La alegría, como la creatividad, tiene un aspecto siempre novedoso. Se trata de saber apreciar con ojos nuevos lo que recibimos todos los días y que, por hacérsenos tan familiar, suele quedar dejado de lado y tratado como menos importante.

Por eso mismo la alegría tiene siempre algo de niño. Como Dios.

Dice Chesterton que Dios es como un niño, porque los niños tienen la capacidad de alegrarse con las cosas sencillas, que siempre para ellos son nuevas. Dios también. De modo semejante a como un niño pide que los “trucos de magia” se hagan otra vez y otra vez… Dios hace salir el sol una vez, y otra y otra… Es como un gran mago: una de las cosas que más pasión le causa es que los huevos se transformen invariablemente en gallinas y que salgan bolitas rojas de unos pedazos de madera con flecos verdes, que los humanos solemos llamar “manzanos”…

La alegría es creadora. La alegría del joven refleja la alegría de Dios creador. Y hoy el mundo necesita esa alegría:

“Tenemos necesidad del entusiasmo de los jóvenes. Tenemos necesidad de la alegría de vivir que tienen los jóvenes. En ella se refleja algo de la alegría original que Dios tuvo al crear al hombre”[1].

A Dios le encanta repetir las cosas hermosas y se alegra cada vez como si fuera la primera. Algo parecido pasa en la Misa: es Jesucristo el que se ofrece por nosotros como la primera vez; como la única vez.

Alegría y gratitud   

Es propio de los que viven con alegría el ser agradecidos. Recibir con gratitud cada segundo de vida, cada latido del corazón, el milagro permanente de la vida:

“Das gracias antes de la comida. Muy bien. Pero yo doy gracias antes de un concierto y de la mímica, y doy las gracias antes de abrir un libro, y doy las gracias antes de dibujar, de pintar, nadar, esgrimir, boxear, pasear, jugar, bailar; y doy las gracias antes de mojar la pluma en la tinta”[2].

Desgraciadamente hay gran cantidad de personas que tienen su conciencia eclipsada y no son capaces de valorar el don inestimable de la vida, el más fundamental de los regalos. Hoy se halla muy extendida esa triste sombra de la cultura de la muerte, y amenaza invadir el horizonte que se divisa delante de nuestro andar.

Un mundo que no ama la vida es un mundo viejo. Una “sociedad de poetas muertos”, que no es capaz de vivir en apertura a la trascendencia es una sociedad que odia y desprecia la juventud y la alegría. Nuestro mundo es un mundo viejo. Lo testimonian las campañas en favor del aborto, las guerras, la violencia y la miseria; el desenfreno, la falta de miradas limpias, la deshonestidad, la corrupción…

Precisamente el mundo de hoy necesita la verdadera alegría. No la “chistografía” barata y las sonrisas vacías de las propagandas y programas de televisión. No la superficialidad del que quiere “mostrarse” alegre creyendo que la alegría consiste en estar riendo permanentemente por cualquier imbecilidad. Esas personas huecas no son alegres; tienen tanta alegría como un dibujo animado: le falta vida, le falta creatividad…, obra según la programación que inventó el que lo digita. Muchas de esas personas son las que no saben valorar la vida, las que dejan pasar el tiempo, las que “dejan que el ser sea”, las que se la pasan “chupándose el dedo” o “mirándose el ombligo”…

El joven alegre es un joven grande. De alma grande. De alma gigantesca. Sabe “festejar” la vida. Está contento siempre y no se viene abajo porque sabe que Dios existe. Que Jesucristo murió por sus pecados y los pulverizó: es un joven que ha experimentado lo que significa el amor misericordioso de Dios, lo que quiere decir que Dios derramó su sangre por él. Sabe que el bien es invariablemente más fuerte que el mal y que, por así decirlo, los que siguen a Jesucristo han ganado la primera mano y tienen, pase lo que pase, el “as de espadas”. Sabe que la persona vale más que las cosas y el espíritu más que la materia. Y, por eso mismo, da el valor que corresponde a las cosas y a lo material, gozando y sirviéndose de ello, sin jamás esclavizarse.

El paradigma máximo de la alegría es Jesucristo.

Los estoicos, antiguos filósofos, decían que los sentimientos eran malos y que debían ser ocultados; no mostraban, por ejemplo, sus lágrimas. Jesucristo sí:

“Él nunca las ocultó, antes las descubrió a plena cara a todas las miradas próximas y a las más distantes de su ciudad natal. Sin embargo, algo ocultaba… Lo digo con reverencia: esa personalidad arrebatadora escondía una especie de timidez. Algo había que escondía a los hombres, cuando iba a rezar a las montañas; algo que Él encubría constantemente con silencios intempestivos o con impetuosos raptos de aislamiento. Y ese algo era algo que, siendo muy grande para Dios, no nos lo mostró durante su viaje por la tierra: a veces se me ocurre que era su alegría”[3].

No veremos la alegría de Jesucristo cara a cara aquí en la tierra. Su sonrisa nos está reservada para el Cielo.

 


[1] JUAN PABLO II, Cruzando el umbral de la esperanza, Ed. Plaza & Janés, 1994, p. 134. 266 G. K. CHESTERTON, citado por MAISIE WARD, Ed. Poseidón, Buenos Aires 1947.

 

[2] G. K. CHESTERTON, citado por MAISIE WARD, Ed. Poseidón, Buenos Aires 1947.

[3] G. K. CHESTERTON, Ortodoxia, pp. 675-676.

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