¡Juan Pablo Magno!

«Juan Pablo II, más aún, Juan Pablo el Grande, se convirtió en el cantor de la civilización del amor, viendo en esta expresión una de las definiciones más hermosas de la civilización cristiana». Con estas palabras, el cardenal Sodano, secretario de estado de su Santidad, daba a Juan Pablo II un título con el que seguramente le recordará la historia[1].

«Los títulos de los periódicos y de los especiales programas televisivos han puesto de relieve el apelativo de «Magno» atribuido a Su Santidad Juan Pablo II: Juan Pablo Magno, Juan Pablo el Grande, Karol el Grande. El pueblo de la plaza aclama a gran voz la santidad: «San Juan Pablo Magno»[2].

Asimismo numerosas personalidades del ámbito religioso, cultural, y político se han hecho eco de las palabras del actual Decano del Colegio Cardenalicio poniendo de relieve la grandeza de su persona y de su pontificado. Es natural recurrir al adjetivo «grande» para evocar su monumental figura: […]

¡Juan Pablo el Grande! ¡Juan Pablo Magno!

Fue grande por la energía de su obrar: «Como hombre y como cristiano, fue un volcán de iniciativas, no solo abundantes, sino también grandiosas y hasta audaces»[3]. El cardenal Edmund Szoka, Presidente de la Pontificia Comisión para el Estado de la Ciudad del Vaticano, confiesa que su «convicción personal es que el Papa Juan Pablo II, será eventualmente conocido como Juan Pablo el Grande […]. En sus 26 años de pontificado, ha logrado para la Iglesia lo que nadie habría imaginado como su papel en el colapso del comunismo, logrado sin guerra, sin haberse disparado una sola bala y su continuo esfuerzo ecuménico e interreligioso como autosacrificio, una presencia pastoral tan profunda y constante. Esto ha sido posible solo por una gracia divina especial».

Fue grande por la dimensión misionera que quiso dar a su pontificado predicando personalmente el evangelio en cientos de países, como bien dijo el cardenal Roberto Tucci, ex responsable de la organización de los viajes pastorales de Juan Pablo II: «Hoy, un Papa que recorre el mundo ya no sorprende a nadie. Esta dimensión moderna del ministerio petrino se ha desarrollado con Juan Pablo II de una forma tan extensa que parece un aspecto central de su misión apostólica». Y hermosísimo es el testimonio del entonces cardenal Ratzinger: «El Papa viaja incansablemente por todo el mundo sin temor al cansancio; se entrega, sin reservas, para franquear las puertas a Cristo y abatir las barreras de las que se rodea el hombre. Juan Pablo II se acerca a los poderosos y a los desheredados, a los ricos y a los pobres, en lugares lejanos o en grandes plazas, siempre para llevar a Cristo en medio del mundo». […]

Fue grande por su férrea defensa de la vocación y santidad de la familia y de la dignidad de toda vida humana desde su concepción hasta su muerte natural: «El Santo Padre ha sido declarado correctamente el Papa de la Familia. Ha defendido con coraje el fuego doméstico y la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural», señalaba el cardenal Alfonso López Trujillo. También el cardenal Murphy O’Connor remarcaba este aspecto: «Juan Pablo II ha sido siempre consciente del drama de la salvación humana; nos recordó, incansable, nuestro destino eterno. Demostró, en su propia vida, cómo los seres humanos llegan a alcanzar su máxima grandeza y libertad cuando son más obedientes a la voluntad de Dios. Ha sido una luz que se quemaba más cuanto más profunda era la oscuridad. La Iglesia notará su pérdida. El mundo notará su pérdida. Yo notaré su pérdida». Y por su parte el cardenal Zen expresaba: «Adiós a un gran y querido líder espiritual mundial. Dar testimonio de la verdad es la misión fundamental de la Iglesia… el Santo Padre predicó con coraje el evangelio de la vida, poniendo énfasis en la sacralidad del matrimonio y en la importancia de la familia. Defendió toda vida humana desde la concepción hasta su muerte natural. Mis sentimientos en estos momentos son de profunda gratitud y alabanza al Señor. Ha hecho maravillas a través de este Papa venido de la lejana Polonia».

Fue grande porque jamás diluyó el anuncio de la «Verdad» en fórmulas falsamente conciliatorias sino que la proclamó en todo su esplendor, con todas sus exigencias: «Se ha ganado la confianza del mundo porque siempre ha querido y seguido la verdad. No ha tratado de complacer a los hombres minimizando las demandas de justicia ni el esplendor de la verdad. En cambio, siempre ha dado testimonio, aún contra toda la lógica humana […] en medio de la noche oscura del mundo y la tempestad en la que estamos viviendo, la figura del Papa brilla más que nunca, con toda la autoridad moral que la humanidad le otorga», eran las palabras del cardenal Francois Xavier Nguyen van Thuan, Presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz. […]

Fue grande «por su elevado y universal magisterio […]. Es universalmente conocida la obra desarrollada por el Pontífice, en el transcurso de todo su Magisterio, por la afirmación del derecho y por la tutela de los derechos humanos en todas sus formas históricas, sea respecto a lo que concierne a la persona y a sus derechos individuales, sea en referencia a las relaciones entre los pueblos y al derecho internacional, remarcando la exigencia de justicia también en temas como la deuda externa y la autodeterminación, y la paz […]. También son universalmente conocidos los aportes del Pontífice a la cultura jurídica […] que superando el aislamiento del derecho de la religión y de la moral funda los derechos humanos sobre la dignidad de la persona”»[4]. La revista «Time Magazine», al declarar el hombre del año en 1994, manifestó que «es un Papa intelectual y un Papa guerrero… Sus ideas son muy diversas de aquellas de la mayor parte de los mortales: son más grandes»[5].

Fue grande porque se avocó con ahínco a fin de ganar para Cristo a quiénes son el futuro de la humanidad y de la Iglesia. «La clarividencia apostólica de Juan Pablo II, iluminada por su gran amor a Cristo y a los jóvenes, fue el medio del que se valió la Providencia divina para poner en manos de la Iglesia este nuevo procedimiento evangelizador [las Jornadas Mundiales de la Juventud], tan apropiado para las generaciones jóvenes de los últimos decenios del siglo XX y de comienzos del siglo XXI […], después de dos mil años de evangelización, la Iglesia se encuentra hoy con que Jesucristo sigue siendo muy poco conocido y muy poco amado», declaraba recientemente el cardenal Antonio María Rouco, arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española[6]. El cardenal Jean Marie Lustiger, arzobispo de París, anfitrión del Día Mundial de la Juventud 1997 estaba convencido de que el atractivo que despierta su  persona en la juventud reside en «expresarles lo que la sociedad en su conjunto no les exige, es decir, el compromiso con la historia y la grandeza de su destino en Cristo». «La figura del Papa atrae irresistiblemente a los jóvenes porque ven en él franqueza, alegría, felicidad. Ven en él un modelo de vida. No hay nadie en el mundo que pueda darles un mensaje más valioso, que valga la pena vivirse» (Abel Balbo, ex futbolista de la selección argentina).

Fue grande porque fue instrumento eficaz para que el Señor llamara a través de su ejemplo a miles de jóvenes a «dejarlo todo para seguir a Cristo» (cf. Mt 19, 27). […]  «Miles» son las vocaciones que según el cardenal Pell el Santo Padre ha inspirado: «Ha sido un genuino hombre de espíritu, un verdadero sacerdote. Su ejemplo y enseñanza ha animado a los fieles católicos de todas partes a perseverar. Puedo atestiguarlo personalmente. Ha inspirado a miles, quizá a decenas de miles, al sacerdocio y a la vida religiosa […]. Ha estabilizado la nave incluso en Occidente. Si muchos todavía estaban resueltos a ser indecisos, decididos solo a dejarse a la deriva, no ha habido duda alguna de quién estaba al mando. Nunca le faltó coraje y el coraje es contagioso. La historia lo conocerá como Juan Pablo el Grande. Se ha ganado esa distinción».

Fue grande porque afirmó la primacía de lo espiritual, de los bienes que no pasan. Así lo daba a entender el cardenal Stefan Wyszynski, primado de Polonia: «Lo que interesa al mundo en el Papa Juan Pablo II, que ha venido a Roma desde tierra polaca, es el fervor de su fe y el espíritu de su oración». También al actor Jim Caviezel le impactaba su profunda espiritualidad: «Juan Pablo II es un hombre muy especial para un mundo muy especial. Es el Papa de Fátima… el Papa es un místico. Ama a Cristo».

Fue grande por haber contribuido de modo directo a la caída del comunismo: «Hoy podemos decir que todo lo que ha ocurrido en Europa Oriental no habría sucedido sin la presencia de este Papa. Hoy, que en la historia de Europa ha habido un viraje profundísimo, Juan Pablo II ha jugado –y juega en ello– un papel decisivo. Nos encontramos en un momento muy delicado de transición, en el que el hombre, la persona, tiene y debe tener un peso verdaderamente determinante. Y todo aquello que sirva para reforzar la conciencia del hombre, su espíritu, es hoy más importante que nunca», son las palabras de Mijail Gorbachov, ex presidente de la Unión Soviética. Es «el gran artífice de la caída del comunismo», aseveraba asimismo el filósofo francés Bernard- Henry Levi. El Patriarca georgiano Su Beatitud Illia II dijo: «Si el mundo ha cambiado, sobre todo en esta zona, el mérito es sobre todo suyo»[7].

Fue grande porque enseñó a la Iglesia a respirar con sus dos pulmones: «Juan Pablo II, el Papa que ha venido de Europa oriental, es un Papa que ha enseñado al mundo a respirar, como él mismo afirma, con los dos pulmones: el Oriente y el Occidente», enseñaba Su Beatitud Nasrallah Pierre cardenal Sfeir, Patriarca de Antioquia y de todo el Oriente, presidente de los Patriarcas católicos y Patriarca de la Iglesia Maronita.

Fue grande porque mostró a la Iglesia la necesidad de abandonarse en las manos de la Santísima Virgen María, con su palabra y especialmente con el ejemplo de su filial devoción a la Madre de Dios[8].

Fue grande porque puso en el centro de su vida a Jesucristo, ante cuyo nombre se dobla «toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos» (cf. Fil 2, 10). Esta centralidad del Verbo Encarnado es puesta de relieve por un dato muy interesante que revela el cardenal Camilo Ruini en la introducción al libro «Giovanni Paolo II. Cinquanta parole per il nuovo milenio»: «…el corazón del anuncio de este Pontífice gira en torno a Jesucristo… Una cifra ilustra perfectamente la idea: ha utilizado 94.000 veces este nombre en sus discursos y documentos. Esto quiere decir estadísticamente una media de trece veces al día en poco más de siete mil días de pontificado». Vivía inmerso en el misterio Cristo (cf. Gal 2, 20): «En Juan Pablo II es muy fácil descubrir al sacerdote, al “otro Cristo”, identificado con Él a partir de su llamada: Llamó a los doce –nos dice el evangelio de Marcos– para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar. No otra cosa ha hecho a lo largo de su vida Karol Wojtyla: ser Cristo vivo, que no cesa de anunciar el evangelio a todas las gentes, gastando y desgastando hasta la última gota de su vida. La grandeza del Papa no se define por las posibilidades de poder e influencia humanos, ni por los honores que acostumbra a tributar el mundo; se define ante todo por su ser sacerdotal», afirmó el cardenal Rouco Varela. Amaba a Cristo de modo particular en su presencia verdadera, real y sustancial en la Eucaristía.

Fue grande porque se abrazó a la cruz de Cristo y la cruz «fecunda cuanto toca» (Sierva de Dios Concepción Cabrera de Armida): «Es claro que el pontificado de Juan Pablo II, su vida sacerdotal, a medida que avanzan los años, se va identificando cada vez más con la cruz. Es la etapa más fecunda de su trayectoria pontificia, la de mayores recursos espirituales y más eficacia evangelizadora, la de más proyección apostólica sobre este mundo moderno o posmoderno, dominado por inmensos sufrimientos, que parece querer esconder bajo la capa del consumismo desenfrenado. Ante este mundo a la deriva Juan Pablo II enarbola, con decisión y esperanza, la cruz de Cristo Salvador» (monseñor Cipriano Calderón Polo, Vicepresidente de la Comisión  pontificia para América Latina). «Juan Pablo II fue un alma grande, una verdadera rareza de nuestro tiempo atribulado»[9]. Con toda razón decía Don Luigi Giussani en 1998: «Wojtyla es el Papa que ha dicho la verdad con más ardor y con una coherencia irreductibles… Sus veinte años de pontificado han transcurrido como luces que cruzan por las tinieblas oscuras, bajo un cielo de batalla»[10]. Podemos decir que Juan Pablo II «ha sido grande y será tenido por tal, por haber apuntado hacia el verdadero y único Grande, el Dios de la historia, el Dios de la vida y de la muerte, el Dios del tiempo y de la eternidad»[11].

La Divina Providencia ha querido que naciésemos como Familia Religiosa bajo el pontificado del Papa Juan Pablo Magno, probablemente el más grande –después de San Pedro, que poseía las primicias del Espíritu Santo– que ha conocido la Iglesia en sus 2000 años de existencia. En su persona el Señor ha querido darnos un «padre para nuestra Familia Religiosa»[13]. Escuchemos nuevamente sus palabras que nos invitan a abrir nuestras almas a Jesucristo, a hacer grandes cosas por Dios, a «no ser esquivos a la aventura misionera y a mover a muchos otros a ella»[14]. «¡Hermanos y hermanas! ¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! ¡Ayudad al Papa y a todos los que quieren servir a Cristo y, con la potestad de Cristo, servir al hombre y a la humanidad entera! ¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo conoce “lo que hay dentro del hombre”. ¡Solo Él lo conoce!»[15].


[1] A. IZQUIERDO (ed.), El pontificado de Juan Pablo II, Roma 2006, 40. Las citas sin referencia al pie de página han sido tomadas de: http://www. aciprensa.com/juanpabloii/dicenjp.htm y de http://www.aciprensa.com/juanpabloii/heroico.htm

[2] M. P. BACCARI, Juan Pablo Magno. Este artículo fue publicado en el diario italiano La Stampa del 10 de abril de 2005, y reproducido, con el agregado de algunas notas, en la Revista de la Libera Università «Maria Santissima Assunta» de Roma LUMSA News 9 (4 de junio de 2005) 101-103.

[3]A. IZQUIERDO (ed.), El pontificado de Juan Pablo II, 45.

[4] MARÍA PÍA BACCARI, Juan Pablo Magno.

[5]Cit. por A. VAN BUREN¸ Wojtyla. Il guerriero della pace, Roma 2003, 21.

[6] «Cardenal Rouco: Los jóvenes de hoy necesitan a Cristo con urgencia», Zenit ZS11022812 (28 de febrero de 2011) en http://www.zenit.org/article-38428?l=spanish [05-07-2011].

[7] «Georgia, prove di ecumenismo», L’Avvenire (17 de noviembre de 1999).

[8] Ver los capítulos 3, 4 y 5 de este libro.

[9] M. DESCOTTE, El legado de Juan Pablo II, Mendoza 2005, 60.

[10] LUIGI GIUSSANI, La Repubblica (24 de octubre de 1998); cf. 30 Dias 10 (noviembre de 1998) 61.

[11] A. IZQUIERDO (ed.), El pontificado de Juan Pablo II, 41.

[12] Cf. S. TRUJILLO, «En multitudinario homenaje a Juan Pablo II en México, cardenal Rivera recordó el porqué el Pontífice se llamaba a sí mismo “el Papa mexicano”», Pastoral vocacional México (5 de abril de 2011), en http://www. pastoralvocacional. mx [05-07-2011].

[13] Cf. INSTITUTO DEL VERBO ENCARNADO, Directorio de vocaciones, nº 78: «Queremos terminar este Directorio con una selección de textos que manifiestan el pensamiento del Papa Juan Pablo II y algunas reflexiones que nos inspira aquél a quien consideramos como el padre de nuestra Congregación, ya que su espléndido magisterio siempre fue para nosotros fuente fecunda en que abrevamos nuestra sed de fidelidad al Señor».

[14] INSTITUTO DEL VERBO ENCARNADO, Constituciones del Instituto del Verbo Encarnado. Directorio de Espiritualidad, Segni 2004, nº 216, p. 254.

[15] JUAN PABLO II, Homilía en el inicio de su pontificado (22 octubre de 1978).

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