Los Santos Vilipendiados

Una de las características del progresismo cristiano es el placer de demoler y vilipendiar, en grado patológico. En este sentido el progresismo es un «sadismo».

 Lo hemos visto hasta el cansancio con su desprecio a los santos: a sus imágenes, a sus reliquias, a la lectura de sus vidas, a desconfiar en el poder de su intercesión. Hace unos años en Europa se levantó toda una campaña… «Demasiados santos sobre los altares».

Este desprecio no es al acaso; sigue una línea «coherente» con las grandes líneas del pensamiento progresista: secularista, desacralizante, racionalista, contra la Tradición y el sentido del misterio, anti-magisterial, anti-eclesial, deshumanizante, inmanente.

La falta de amor a los santos de la que hace gala el progresismo se debe a varias pretensiones o sinrazones de estos sepultureros del auténtico progreso de la Iglesia.

1. Los santos son señal elocuentísima de la vitalidad de la Iglesia. Quienes están por la «autodemolición» no los pueden tolerar.

2. Siempre han transformado al mundo. Esto no gusta a los genuflexos ante el mundo.

3. La comunión de los vivos con aquellos que ya no están entre los vivos es un hecho real, solemne, emotivo, continuo. Esta solidaridad vertical molesta a los que consideran que sólo cuenta lo horizontal.

4. Al honrarlos, honramos a Dios, de quien los santos son obra: «al coronar sus méritos, coronas tus propios dones»[1]. Ellos dan gloria a Dios, aquí, y en el Cielo. Y Dios triunfa en ellos. Esto no lo pueden tolerar los que se avergüenzan de la trascendencia divina.

5. Son un suplemento de la verdad revelada. Son los mejores miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Son el fruto mayor y más completo de la Encarnación y de la Redención. Pasarlos en silencio es quitar algo de la realidad al Cuerpo Místico y es presentar la Encarnación y la Redención como si fuesen estériles. Cosa que quieren los estériles.

6. Su canonización es un acto magisterial «ex cátedra», en el que el Papa proclama el ejemplo de sus virtudes, para que sirvan de modelos y muevan a los fieles a una vida cristiana más intensa y más vigorosa. Pero Pedro por ser quien nos defiende contra la herejía, está de más.

7. Todo santo es testigo y protector de la Tradición divina de la Iglesia, o sea, recuerdan y transmiten con sus vidas el aliento mismo de la Iglesia. Si la Iglesia recién comienza en el siglo XX, la Tradición sobra.

8. Los santos tienen un valor apologético, demostrativo de la verdad de nuestra fe y de la verdad de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, ya que realizan concretamente la nota de la santidad. Son un documento triunfal del origen divino de la misma Iglesia. Por su carisma taumatúrgico −al menos después de su muerte− engendran certidumbre. Saben que la Iglesia Católica es la verdadera porque los santos obran milagros. Por eso, para el pueblo fiel, son una apología popular, fácil e intuitiva. Para los «progresistas» los santos significan milagros y el milagro es una inexcusable testificación divina. Pero si «a priori» se han abolido los milagros, los santos son superfluos.

9. El pueblo sencillo se dice: «Hay santos; ¡adelante!» Ellos pudieron, yo también. La gracia no es estéril. Hay ideales, hay modelos concretos…¡Es posible! ¡Dios es todopoderoso! Ellos nos preceden y nos acompañan, nos dan confianza, valor, serenidad. Nos recuerdan constantemente el cielo, la vida eterna, la gloria, el premio de los méritos, ¡Dios! Son nuestros hermanos mayores. Para aquellos que creen que la religiosidad popular es una excrescencia, enferma la devoción a los santos.

10. Los santos cumplen misiones póstumas, realizan presencias totalmente especiales, cumplen ciclos de participación extraordinaria en los acontecimientos de la historia. Por eso se los declara patrones. Son intercesores ante Dios. Estimulan a generaciones enteras, incluso, al heroísmo. Los que están en su contra, no lo están por simple olvido, sino por oscurecimiento del sentido de la familia de Dios y del mismo sentido de humanidad, y porque tienen demasiado miedo a la historia.

¡Tengamos siempre mucha devoción a nuestros hermanos mayores, los santos y santas de Dios!


[1] MISAL ROMANO, Prefacio de los santos.

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